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Tranquilino encuentra a Óscar

Sebastian Rotella/ ProPublica. 29 de mayo de 2012

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Fue un día de primicias para Tranquilino Castañeda, un campesino de setenta años de una aldea en la selva del norte de Guatemala.

Su primer viaje en avión. Su primera visita a Estados Unidos. Y la primera vez que iba a ver en persona a su hijo, Óscar Alfredo Ramírez Castañeda, después de casi tres décadas creyendo que Óscar había muerto en una masacre en Guatemala.

“Estuve muy ansioso anoche,” Castañeda dijo la tarde de lunes después de desembarcar en el aeropuerto internacional Newark Liberty llevando su característico sombrero blanco de vaquero. “No podía dormir porque sabia que viajaba hoy.”

Su llegada culminó una odisea extraordinaria. Durante el auge de la sangrienta guerra civil de Guatemala en 1982, una patrulla de comandos invadió la aldea de Dos Erres y mató a más de 250 hombres, mujeres y niños. La carnicería borró el pueblo del mapa.

Pero el Teniente Óscar Ramírez Ramos, el comandante adjunto de la unidad, perdonó la vida a Óscar, que tenía tres años, y lo llevó a casa de su familia. Después de la muerte del teniente en un accidente, su familia crio al niño como uno de los suyos. Óscar no supo nada de sus orígenes verdaderos y veneraba al soldado que había supervisado los asesinatos de su madre y ocho hermanos.

Castañeda, mientras tanto, sobrevivió porque no estaba en Dos Erres aquel día. Vivió solo lamentando la pérdida de su mujer y nueve hijos hasta el verano pasado, cuando una investigación llevada a cabo por resueltos fiscales guatemaltecos reveló que uno de los hijos estaba vivo. Óscar se había ido a los Estados Unidos en 1998. Vivía en las afueras de Boston como inmigrante ilegal haciendo dos trabajos para mantener a su familia.

Óscar, que ahora tiene 32 años, llegó al aeropuerto de Newark el lunes con su mujer, Nidia, y sus cuatro hijos nacidos en Estados Unidos: Andrea, 11; Nicole, 7; Óscar, 5, y la bebita Dulce, diez meses. Los hijos habían dibujado letreros dando la bienvenida a su abuelo recién descubierto. Las niñas llevaban vestidos; el pequeño Óscar traje azul y corbata. La comitiva de bienvenida, que incluía al abogado de Óscar, R. Scott Greathead, y su mujer, Juliette, se congregaron fuera del retén de seguridad del aeropuerto. Los niños preguntaban frecuentemente por qué el abuelo tardaba tanto en salir.

Óscar reconoció que también estaba ansioso. Había estado preocupado de que la salud de su padre y sus problemas con el alcohol pudieran echar por tierra el viaje. Estaba aliviado de que los activistas Guatemaltecos de derechos humanos Aura Elena Farfán y Fredy Peccerelli, que fueron claves en la investigación, se hubieran encargado de Castañeda y lo estuvieran acompañando.

Óscar miraba el flujo de pasajeros que llegaban. Había esperado que su padre estuviera entre los primeros.

“Pero por supuesto tiene que ser el último,” dijo. “Más drama así.”

Después: “¡Alli está! ¡Alli está!”

Por culpa de una dolencia de pierna que lo hace cojear, Castañeda salió en silla de ruedas. Tiene la cara arrugada y curtida con ojos verdes, siempre atentos. Le faltan algunos dientes y habla en ráfagas rápidas. Parece una versión delgada guatemalteca de Walter Brennan, el actor que interpretaba secuaces vaqueros en las películas clásicas del Lejano Oeste.

Óscar se agachó, sosteniendo a Dulce en su brazo izquierdo, y envolvió a su padre en un abrazo silencioso. Los niños daban saltos animados. Castañeda sonrió, abrazando a cada nieto, levantando a la bebita. Secó sus ojos con un pañuelo a cuadros. Después de años solo entre sus fantasmas y sus penas, estaba rodeado de nuevo de familiares.

“¿Cómo estás?”, preguntó Óscar.

“Bien”, dijo Castañeda. “Con dolor de oídos.”

“Es el avión”, dijo Óscar. Cuando su padre empezó a levantarse la silla de ruedas, Óscar rió y dijo, “No, espera, no te bajes del caballo todavía.”

“¿Contento?”, Nidia preguntó a su suegro.

“Oh, sí”, dijo Castañeda. Insistió que no estaba cansado después de su primer vuelo. “En Guatemala, unos me engañaron. Les voy a decir cuando vuelva. Dijeron que ir en avión era duro. No es nada. Es como ir en Pullman”.

Óscar y Castañeda descubrieron la existencia uno del otro en agosto pasado después de que una prueba de ADN, hecha por pedido de fiscales guatemaltecos, comprobó que eran padre e hijo. Investigadores los presentaron por Skype. Han hablado casi todos los días desde entonces, conociéndose. Los dos han tenido una nueva misión en la vida: encontrarse de nuevo.

La revelación del verdadero pasado de Óscar cambió su futuro. Es una prueba viviente de la masacre de Dos Erres, evidencia para las autoridades que están todavía intentando juzgar a los asesinos. Durante un juicio en Guatemala que resultó en la condena de un exsoldado en marzo, los fiscales usaron los resultados de ADN y Castañeda testificó sobre la pérdida de su familia. Ocho acusados han sido encarcelados en el caso, pero otros siete, incluyendo dos comandantes de la unidad asesina, todavía están fugitivos.

Como resultado de la revelación, Óscar tomó el riesgo de salir de la sombra. Ha solicitado asilo político en Boston con el argumento de que sería un objetivo si volviera a Guatemala. Los militares retienen mucho poder en su país natal y la mayoría de las atrocidades cometidas en la guerra civil de 36 años, que terminó en 1996, no han sido castigadas.

La entrevista de Óscar para su solicitud de asilo político esta fechada para el 21 de junio. Greathead, un veterano en casos de derechos humanos en América Latina, representa a Óscar gratuitamente. Cree que las posibilidades de que Óscar pueda quedarse en Estados Unidos son buenas.

“Nunca he tenido un cliente para asilo político quien más merezca el asilo que Óscar Ramírez,” dijo Greathead. “En un giro increíble del destino, Óscar es víctima de una de las peores masacres cometidas por un gobierno que ayudamos a instalar, y él ni siquiera lo sabía.”

La historia de Óscar es emblemática de un fenómeno más grande, aseveró el abogado: el apoyo estadounidense a regímenes represivos anticomunistas en América Central tuvo un rol clave en fomentar la violencia, corrupción e impunidad que persisten hoy, mucho después de la vuelta a la democracia”.

“La brutalidad y la corrupción que hubo en los ochenta—nosotros la creamos,” dijo Greathead. “Empezamos esa cadena de hechos que crearon las condiciones sociales, políticas y económicas que han hecho a Guatemala uno de los casos catastróficos del Hemisferio Occidental. Que termina empujando a gente como Óscar para ir al norte, porque si no su futuro era la cosecha de melones.”

“Ahora está trabajando ochenta horas por semana criando a una familia, intentando ganarse la vida,” dijo Greathead. “Hasta un cierto punto, cada centroamericano que está aquí ahora está huyendo del mismo tipo de condiciones de las cuales somos responsables en la región.”

En el aeropuerto, el grupo se apiló en una camioneta alquilada y fue a Nueva York. Castañeda y Óscar viajaron sentados juntos, el pequeño Óscar sobre las piernas de ambos. Castañeda observó el paisaje industrial de New Jersey pasar velozmente, la línea del horizonte de Manhattan acercarse. Charlaron de forma intermitente. Castañeda tenía ganas de comprar cigarrillos. Hizo sonreír a Óscar cuando preguntó si había algún sitio donde podía ir para arreglar unos pantalones.

“Aquí es mejor ya comprarlos, Papa,” explicó Óscar. “Terminará costándote más arreglarlos que comprar unos nuevos. Tienen todas las tallas que quieres.”

Castañeda se quedará en la pequeña casa de dos habitaciones de la familia en Framingham, Mass., durante su visita. Greathead y los investigadores guatemaltecos ayudaron a Castaneda a conseguir un visado estadounidense para participar en un programa para difundir información sobre la lucha actual por la justicia en Guatemala.

El miércoles a las seis y media de la tarde, Castañeda y Óscar hablarán de su historia en un lugar que es novedoso para ambos: el Centro Carr de Política de Derechos Humanos de la Universidad de Harvard. Eventos para el futuro están agendados en New York, San Francisco y Washington, D.C.

Preguntado por su impresión de tener que hablar en público en una de las mejores instituciones académicas del mundo, Castañeda no sonó intimidado.

“Bueno, estoy corto de palabras,” dijo. “Pero de mi experiencia puedo hablar.”

fin


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